Consumir hasta morir: la trampa de la obsolescencia programada
Comunicación, Hemeroteca, Ivonne Acuña Murillo, Revista 2021

Consumir hasta morir: la trampa de la obsolescencia programada

Ivonne Acuña Murillo

En la segunda década del siglo XX se hizo un descubrimiento nocivo para la humanidad: las cosas hechas para durar y soportar el paso del tiempo representaban un enorme obstáculo para el funcionamiento del capitalismo, por lo que había que producir-vender-comprar-producir hasta el infinito para que el modelo económico siguiera funcionando. Se inventó entonces la “obsolescencia programada”, como un mecanismo para hacer fallar, a propósito, después de cierto tiempo, todo tipo de productos colocados en el mercado, disparando con ello el consumo sin límites en el contexto de las necesidades, materiales y psicológicas, creadas por el propio capitalismo.

La “obsolescencia programada”, entendida como: “la programación de la vida útil de un producto, para que […] se vuelva inútil en un periodo de tiempo determinado previamente” (Economipedia, https://economipedia.com/definiciones/obsolescencia-programada.html), ha sustituido prácticamente cualquier otro parámetro imponiendo a la gente criterios temporales dependientes de sus hábitos de consumo. Hacia el final de la Edad Media, dejaron de ser los periodos de siembra y cosecha y los días marcados en los diferentes calendarios religiosos las fechas que había que observar. Poco a poco, la llegada de los comerciantes al pueblo comenzó a secularizar el calendario de la vida cotidiana y conforme el consumo se convirtió en el centro del modelo económico, hacia finales del siglo XIX y principios del XX, el tiempo comenzó a ser medido en función de la duración de un producto: una casa, un mueble, un vehículo. Así, la obsolescencia programada convirtió la vida en una eterna espera por “estrenar”, por poseer la última versión de casi cualquier cosa, como un efecto aumentado de la Modernidad radicalizada en términos de sustitución de lo viejo por lo nuevo.

Asimismo, la autoridad de cualquier persona basada en sus valores, costumbres, acciones, conocimientos, personalidad, carácter, relaciones, fue gradualmente sustituida por sus posibilidades de consumo hasta condensarse en la frase: “dime qué consumes y te diré quién eres”. Aparecieron entonces las “marcas” como un signo de estatus. Ya no basta con poseer un determinado producto para ser ubicados en la escala social. Esta ubicación depende ahora de la marca que informa sobre la supuesta calidad y precio de un producto y el nivel de vida de quien lo posee. El consumo de marcas “chafa” o productos “patito” coloca a las personas en las partes bajas de la estructura económico-social, generalmente al margen de las “mejores oportunidades” que el mercado de bienes puede ofrecer.

No basta tener dinero, hay que saber gastarlo comprando objetos de marcas prestigiadas, ropa de diseñador, carísimas bolsas de mujer, arte costoso, propiedades en zonas exclusivas, autos de colección, joyas de casas prestigiadas, etcétera. Baste un solo caso para ejemplificar la manera como, desde el mercado, se alimenta la propensión al consumo: una cartera en forma de corazón, marca Mouawad, con poco más de cuatro mil 500 diamantes en amarillo, rosa y blanco y con un tiempo de trabajo de ocho mil 800 horas, alcanza un costo de 3.8 millones de dólares. Sí, leyó usted bien, millones de dólares.

Pero, no es el consumo millonario el que sostiene al mercado, sino las compras de las vilipendiadas clases medias, que al igual que las personas situadas en lo alto de la pirámide llevan en sus hábitos de consumo el cuño de su origen, grupos de pertenencia y aspiraciones. Se convierte así el consumo en un indicador inequívoco de la desigualdad social, metiendo a las personas que tienen acceso al mercado de bienes, extenso o limitado, en una interminable carrera por poseer ante la necesidad de pertenencia creada por el propio sistema social.

Sin embargo, comprar, comprar, comprar, no se restringe a la oportunidad de formar parte de selectos grupos de consumidores, sino que se relaciona con complejos procesos socio-psiconeurológicos profundamente arraigados en la mente consciente e inconsciente de quien consume.

En primer lugar, los hábitos de consumo son impuestos de manera social en los diversos grupos de pertenencia: familia, barrio, comunidad extensa, amistades, clubes sociales, políticos y culturales. En segundo lugar, estos hábitos no se generan de manera aislada en cada grupo de pertenencia, sino que están fuertemente conectados con el modelo económico imperante, en este caso el capitalismo, que forma e informa determinadas reglas y patrones de consumo. En tercer lugar, estos hábitos terminan conformando de cierta manera la psique humana y son introyectados al punto de relacionarse con efectos en áreas específicas del cerebro como aquellas que forman el centro del placer.

Esto es, se conjugan procesos sociales, psicológicos y químico-biológico-neuronales para hacer consumir a toda persona que pueda hacerlo, sumiendo en el dolor y la frustración eterna a quien no tiene los medios suficientes, pues al final el capitalismo no vende productos sino estilos de vida, expectativas, deseos, sueños, promesas.

Como se dijo, el capitalismo no sería exitoso si únicamente vendiera a las personas con altos niveles de ingreso, por lo que se inventa productos y marcas “para casi todos los bolsillos”, las megarrebajas y ofertas de temporada, el “Buen Fin”, las tiendas outlet que, a sabiendas, estimulan en el cerebro el núcleo accumbens, relacionado con la risa, el placer, la adicción y la recompensa (se sugiere revisar los estudios realizados por el Instituto Siegfried Vögele y la Universidad de Bonn al respecto). Tampoco sería exitoso si aquello que vende durara para siempre. Y es aquí donde la obsolescencia programada lleva al consumo sin fin.

Las medias de dama ya no pueden ser reparadas como se hizo algún día con las de nylon; los muebles de casa ya no se hacen con fuertes maderas sino con materiales frágiles cuyo desgaste impone la necesidad de cambiarlos cada determinado tiempo; las planchas vienen selladas por lo que no pueden pasar, una y otra vez, por el cambio de la resistencia que tendía a quemarse; los autos deben cambiarse no sólo porque sus partes tienden a fallar sino porque “pasan de moda”. Otro gran invento, “la moda”, nacida conceptualmente, al parecer, en los albores del capitalismo, alrededor del siglo XIV. Y aunque se proclame “la moda al que le acomoda”, poca gente en el mundo puede escapar de sus rigores, por lo que tiende a desechar objetos aún útiles.

Pero, la obsolescencia programada y la moda no se aplican sólo a los aparatos que pueden ser sustituidos por su versión más reciente. Alcanza también a los productos perecederos: los medicamentos, la carne, el pan, la comida. Al final, todo caduca, una fecha situada en alguna parte del producto lo indica. Con esto, las empresas que los producen aseguran dos cosas: que no se les demande por el consumo dañino de un producto alimenticio, médico o estético más allá de la fecha de caducidad y “administrar” aquellos productos que no se vendieron en los primeros días de su exposición, reetiquetándolos. En las grandes tiendas de autoservicio se etiqueta todos los días no sólo para cambiar el precio (hacia arriba la mayor parte de las veces), sino para “engañar” a quien consume haciéndole creer que aquello que compra se empacó ese día, y para asegurar que la gente “deseche” aquello que “ha caducado” y corra a la tienda, grande, mediana o chica, por otro producto igual, pero “no caduco”.

Se va completando el esquema del consumo continuado: hábitos de consumo impuestos socialmente, necesidad de pertenencia, satisfacción psicológica, activación cerebral del centro del placer, obsolescencia programada, moda y caducidad. La creación de “nuevas necesidades de consumo” sería el broche de oro de esta fórmula.

El modelo económico capitalista es magistral cuando de crear, inventar, imponer nuevas necesidades se trata (consultar el texto de Agnes Heller, Teoría de las necesidades en Marx, Barcelona, Ediciones Península, 1986; especialmente la parte en que la autora explora la relación que Carlos Marx establece entre los objetos de la necesidad, los patrones individuales y sociales y el impulso biológico como función universal de autoconservación, pág. 45 y ss.). El yogur light, deslactosado, con probióticos, vitaminas, cereales, frutado, líquido, sólido, bebible, batido, griego, islandés, kéfir, desnatado, artesanal, natural… es el mejor ejemplo.

Actualmente, la aparición acelerada de nuevas tecnologías ha llevado a lo que podría llamarse “hiperconsumo” a alturas no conocidas por la humanidad. Celulares, computadoras, tabletas, impresoras, pantallas, lavadoras, microondas, refrigeradores, planchas y secadoras de cabello, aparatos indispensables para la vida diaria, están programados para fallar y volverse obsoletos prácticamente al salir de la tienda, imponiendo nuevos patrones de consumo y criterios de división social que se suman a los ya existentes.

Los patrones de consumo actuales se distribuyen de acuerdo con la clase social y se imponen como una línea que separa a una parte mínima de la sociedad que puede consumir bienes de la mejor calidad y precio, de las otras: aquella que se conforma con buscar productos que emulen a los primeros; un sector de vida precaria que saca de la basura lo que ya no desea quien tiene más altos niveles de ingreso y consumo; y el resto de la población que no puede siquiera aspirar a hurgar en la basura de alguien más, quedando fuera del mercado y de la inexorable ley de la oferta y la demanda.

Ahora bien, el consumo sin límites llena los vacíos existenciales dejados por una sociedad de masas cuyo modelo económico coloca al dinero, y el consumo que éste posibilita, en el centro del esquema de valores, creando una tensión constante y nunca resuelta entre expectativas de consumo y satisfacción de éstas. La obsolescencia programada y la caducidad, por su parte, generan altísimos niveles de contaminación cuando el modelo económico obstaculiza las prácticas de reciclamiento y redistribución de productos útiles entre diversos grupos sociales, con la intención de hacerles consumir “cosas nuevas” a toda costa. Lo anterior lleva a convertir en “basureros” ríos, mares, océanos, bosques, valles, ciudades y cualquier área habitada por la población menos favorecida, negando su derecho a una vida libre de contaminantes.

Se puede concluir que, afortunadamente, ante este negro panorama, universidades, grupos de estudio e investigación, organizaciones de la sociedad civil y gente preocupada por la humanidad y la vida en el planeta Tierra, hace décadas comenzaron a plantear la urgencia de cambiar la manera como producimos, distribuimos y consumimos. Para lograrlo, se propone redefinir las bases del modelo económico capitalista, mencionadas aquí, en busca de instaurar una economía sustentable con orientación socio-ecológica que ponga un freno a la aspiración de “consumir hasta morir” y la trampa que supone la obsolescencia programada. (Se sugiere ver en YouTube los documentales en cuyo título se lee “Consume hasta morir”, mismos que dieron origen al título de esta colaboración).

*Catedrática de la Universidad Iberoamericana y analista política

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29 diciembre, 2021
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