La insospechada sonoridad del viento
Radio y TV

La insospechada sonoridad del viento

Gilberto Vargas Arana

En la telaraña metálica

Cayó la voz y se puso al aire…

Era de metal, metal puro. Puro fierro para hacer ruido. De lejos se veía como un esqueleto inmóvil de la Ciudad de México, que a esas alturas no sabía si se levantaba o caía. Lo cierto era su pesada y fuerte presencia. Las fiestas del Centenario por la Consumación de la Independencia de México dieron el creativo pretexto para su resurrección, acaso pasajera de momento, pero novedosa y pretenciosa, por lo ocurrido allí.

            Hombres de empresa decidieron organizar la magna exposición internacional que revelara la oferta de un comercio vigente, resiliente a una revolución que pasó como remolino, audaz y trémulo, que conmovió las fibras sociales del país. Tomaron el entramado metálico del Palacio Legislativo, con la pretensión de levantar un palacio comercial para México, que resultaría algo excepcional.

            La telaraña metálica se transformó en palacio, le recubrieron con armazones de madera. Tres pisos adaptados para el acomodo de stand y acceso de visitantes, comunicados entre sí por una serie de escalinatas. Espacios amplios y extraordinariamente divididos en 560 lotes para expositores comerciales e industriales, nacionales y extranjeros, particularmente de Estados Unidos.[1]

            Nueve galeras de cien metros de largo cada una. La profusión de luz como no se tenía noticia hasta entonces en un espacio así de la Ciudad de México, más de 15 mil lámparas colgadas, con un claro énfasis en cúpula del palacio.

            En la parte central del segundo piso, una galera dispuesta para funciones de teatro, comprometido el contrato con selecto grupo de artistas de “Winter Garden” y “El Hipódromo” de Nueva York. Abajo, también al centro, un restaurante y cabaret al estilo moderno, con la presencia de un grupo de bailarinas llegadas de Los Ángeles, Estados Unidos.

Noticias del porvenir

Los acontecimientos sucedieron propicios, para que el 27 de septiembre de 1921 se registrara con la vehemencia posible el nacimiento de la radio en México. Durante los días previos, en el Palacio de Comunicaciones y en un edificio contiguo de la Biblioteca Nacional, comenzaron maniobras para llevar adelante pruebas de telefonía inalámbrica.

            La Dirección General de Telégrafos adquirió tres equipos de telefonía inalámbrica, invento que apareció como la “maravilla moderna”, debida al espíritu creativo de Guillermo Marconi. El artefacto, considerado entonces “como el más grande del siglo XX”, no pasó ajeno a la inquietud mexicana. Los técnicos de Telégrafos lograron reparar dos de los aparatos adquiridos que llegaron deteriorados, y comenzaron pruebas en el Palacio de Comunicaciones, sobre la calle de Tacuba.

[…] nada más que como la estructura metálica de dicho edificio es muy compacta, las ondas no llegaban con la debida precisión, y entonces se prefirió hacer nuevas pruebas, habiéndose éstas realizado en la azotea de una casa frontera a la Biblioteca Nacional, habiéndose escuchado conversaciones sostenidas por telefonía inalámbrica, en Estados Unidos. Se escuchaban voces aisladas de conversaciones en italiano, por lo que se presume que se haya escuchado una conferencia habida en Buenos Aires o en cualquier población argentina.[2]

Lo ocurrido en el Palacio de Comunicaciones y en el edificio limítrofe con la Biblioteca Nacional, en el antiguo Templo de San Agustín, esquina de lo que sería la calle de Uruguay e Isabel la Católica, se convirtió en la etapa primigenia de la radio mexicana. Fueron las pruebas de la prueba oficial que se tiene como punto de partida de la radiodifusión mexicana, la del 27 de septiembre.

La experimentación previa permitió la inédita comunicación hasta Mazatlán, Sinaloa. Sin embargo, las ondas hertzianas debían sortear aún las condiciones de una Ciudad de México dominada por inducciones que producen las plantas y máquinas eléctricas, así como la red de alambres y edificios con fuertes estructuras metálicas; por esa condición, la Dirección Nacional de Telégrafos adecuó el aparato transmisor en el stand con el que participaría en la Exposición Comercial Internacional del Centenario.

Periódicos como El Demócrata y El Heraldo de México dieron cuenta de la primicia por venir:

El día veintisiete, que será la solemne inauguración de este gran invento, podrán escuchar las personas que se instalen en el Palacio Legislativo, cerca del aparato telefónico, que estará provisto de una bocina, las composiciones musicales que producirá un fonógrafo que se instalará en Chapultepec. También podrán comunicarse con aquella estación libremente, y recibirán, por un experto, las explicaciones sobre el invento.[3]

El Heraldo de México publicó la pretensión de que el general Álvaro Obregón fuera el primero en usar los novedosos aparatos, luego de informar que las pruebas preliminares desde el Palacio Legislativo al Castillo de Chapultepec resultaron con éxito, “se han estado transmitiendo mensajes y sin necesidad de forzar la voz se escucha perfectamente la conversación, a pesar de que la distancia que separa a los dos aparatos es mayor de tres kilómetros”.[4]

La dirección había sido trazada. La voz se propagaría desde la estructura del Palacio Legislativo a la sede presidencial del Castillo de Chapultepec, de ida y vuelta. Así como había sido la ilusión de soñadores e inventores. Así como no dejaría de ocurrir. La energía de una mágica invención que hacía posible la transmisión de voces, música y murmullos, sin cables, sin hilos.

Castillo de Chapultepec

La imagen que no se borra

Las imágenes del momento preciso al parecer el viento les alevantó. Hay sólo una fotografía sobreviviente, al menos hasta el momento, que da cuenta del espacio donde tuvo lugar el nacimiento de la radio en México. La publicó el periódico Excélsior, casi imperceptible por el paso del tiempo, como si del sudario mítico se tratara. Más parece una radiografía en escala de grises, en la que se observa una antena parecida a sombrilla, tela que se distribuye en doce partes, once varillas y un mástil que le sostiene. Un hombre con el rostro casi fantasmal, apoya mano izquierda sobre un aparato que supondría ser el transmisor, atrás una especie de cajón con botones, a los lados, mesas con objetos igual de vagos. Es la imagen postrera del lugar primigenio. Lo constata el pie de foto que dice: Estación inalámbrica instalada por la Sría. de Comunicaciones. Era la imagen imborrable…

El Palacio de la magia

El proyecto del Palacio Legislativo se erigió como el gran palacio comercial del Centenario, que pretendió honrar el estado industrial de un país, inmerso en trabajos de reconstrucción, después de una revolución armada que consternó sus cimientos social, económico, político y cultural.

            El escenario se reconfiguró con detalles extraordinarios, provocadores de ilusión y fantasía, por los conceptos manejados de arquitectura. Atisbos de lo que con el tiempo se conocerá como realismo mágico. Por mencionar y provocar al imaginario histórico, la descripción partió exquisita, porque a la sede se pudo llegar por viajes que realizó una pequeña locomotora, que a los visitantes dejaba en el pórtico de entrada.

            La cuota de ingreso fue de un peso. Recibió a los visitantes, curiosos e interesados, un arco triunfal de reminiscencia romana. En laterales, columnas y estatuas de héroes de la misma mitología. Al interior, columnas y frisos de estilo azteca. Al centro un decorado de luces, arriba; porque abajo se dispuso una réplica de la Pirámide del Sol de Teotihuacán. Resultó una magnánima estructura de metal, recubierta con madera y materiales de cemento, trabajos de piedra. Al centro una torre como capitolio, a cada lado, como alas, construcción de dos pisos, donde quedaron distribuidos los stand de más de 400 expositores, restaurantes y salones para espectáculos.

El acto simbólico de inauguración de la exposición consistió en un recorrido encabezado por el secretario Zubarán Capmany y comité organizador a través de los distintos niveles y locales comerciales dispuestos en las zonas laterales de la estructura. La atmósfera se colmó de inició con la sonoridad provocada por un quinteto de músicos indígenas, mariachi con violines y teponaxtle, procedente de Atotonilco el Alto, que tomó el centro para ejecutar números de los Aires Nacionales, en medio de una escenografía de motivos prehispánicos.

*Maestro en Comunicación UNAM/FES Acatlán


[1] “Están casi terminados los preparativos para la gran Exposición Internacional del Centenario”, El Universal, 5 de septiembre de 1921, 1a. sec., p. 6.

[2] “Un teléfono inalámbrico unirá Chapultepec con la exposición”, El Demócrata, 26 de septiembre de 1921, p. 7.

[3] “Un teléfono inalámbrico unirá Chapultepec con la exposición”, El Demócrata, 26 de septiembre de 1921, p. 7.

[4] “Hoy se efectuarán las pruebas de telefonía inalámbrica”, El Heraldo de México, 27 de septiembre, 2a. sec., p. 11.

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7 octubre, 2021