Virginia Meza Hernández, mexicana condecorada con la Orden del Sol Naciente
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Virginia Meza Hernández, mexicana condecorada con la Orden del Sol Naciente

Alicia Alarcón

En reconocimiento a su sobresaliente contribución a la promoción de intercambios académicos y entendimiento mutuo entre Japón y México, la profesora Virginia Meza Hernández, exprofesora e investigadora en el Centro de Estudios de Asia y África de El Colegio de México, fue galardonada con la Orden del Sol Naciente, en grado de Rayos de Oro con Collar de Listón, una de las condecoraciones más importantes que el Gobierno de Japón confiere a extranjeros destacados.

Virginia es chilanga de origen y japonesa de corazón. Su vida es la historia de una estudiante que fortuitamente aprendió japonés; con el tiempo y empeño, labró un camino como maestra pionera del idioma nipón en el Centro de Enseñanza de Lenguas Extranjeras de la Universidad Nacional Autónoma de México, y posteriormente en El Colegio de México. La noticia de su galardón la recibió desde hace ocho meses, en abril, cuando de manera oficial fue notificada que había sido seleccionada. Motivo de orgullo y satisfacción porque representa un esfuerzo a y reconocimiento al trabajo de toda su vida. Pero para llegar hasta acá hubo un camino recorrido que duró algunas décadas. Esta es la historia.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos solicitó a México que alejara a los japonese asentados en Baja California, Sonora y Chihuahua, y que los llevaran al centro del país para tenerlos vigilados, en campos de internamiento. Al final de la Guerra, algunas familias decidieron establecerse en la Ciudad de México.

La entonces niña Virginia radicaba en aquel momento en el Distrito Federal, en una colonia donde habitaban muchas familias de inmigrantes japoneses, que se fueron adaptando a las costumbres y modos capitalinos. La mayoría se dedicaba al comercio, como la familia Hayashi que tenía una relojería. La casa de los Hayashi se ubicaba a unos metros de donde la pequeña Virginia vivía con sus padres y hermanos mexicanos. El padre de Virginia se dedicaba a la litografía, y la madre, ama de casa.

La buena vecindad hizo que Virginia y Minako, la hija mayor del señor Hayashi, iniciaran una linda amistad, ya que eran casi de la misma edad. Ambas estudiaron en la misma primaria y secundaria, donde por cierto había otros estudiantes de origen japonés. Después pasaron a la prepa en San Ildefonso. Minako al área de Ciencias, y Virginia a Humanidades. Siempre a escuelas públicas, de lo que agradece y se enorgullece porque es una ventaja que se puede dar a una población en todos los niveles. Todos los días, las estudiantes salían de casa para tomar el transporte público.

Por las tardes las niñas se visitaban, Virginia y sus dos hermanos disfrutaban de algún refrigerio que la madre de Minako preparaba. Eran épocas inolvidables, de juegos, lecturas, y de ver programas de televisión, en casa de la amiga porque Virginia aún no contaba con esta nueva tecnología. También de ir al cine, recuerda la ocasión que el señor Hayachi las invitó a ver “El tifón de Nagasaki”, en el cine Teresa. Cuenta que la historia fue impactante, pero seguramente el papá de su amiga lo que quería era tener un acercamiento con su tierra natal. En esa época no era común que se exhibieran películas japonesas.

Un día, el señor Hayashi platicó con la mamá de Virginia para que la dejara estudiar japonés con su hija. En ese entonces había escuelas donde enseñaban el idioma ubicadas en diferentes colonias de la CDMX como en Algarín, Tacubaya, Tacuba y Tlalpan. Sin embargo, la mamá no le dio permiso porque creyó que no le iba a servir en la vida. ¡Oh frustración! Pasó el tiempo, Virginia ingresó a Psicología, en la Facultad de Filosofía y Letras. Una mañana caminando en el pasillo se topó con un letrero que decía “Cursos intensivos de japonés”. Cuatro horas diarias; dos en la mañana y dos por la tarde. Nuevamente el destino. Resulta que se acababa de abrir el Centro de Estudios Orientales, al que ingresaron quince estudiantes. Al final quedaron cinco, entre ellas Virginia. Después de tres semestres como única superviviente, el director Lothar Knauth le propuso solicitar una beca en el país nipón para estudiar Psicología Social. Se la otorgaron.

Cuando llegó a Japón –a finales de los sesenta– Virginia se dio cuenta que lo aprendido en México había sido muy elemental; sabía preguntar, pero no entendía nada de lo que le decían. Podía leer y escribir, pero no era suficiente. Se sintió perdida. Fue que pidió ayuda a su profesor de la Universidad Hitotsubashi con quien se sinceró. El maestro logró que Virginia fuera aceptada como oyente en el curso de japonés en la Universidad para Lenguas Extranjeras de Tokio, a fin de reforzar mejor sus conocimientos. Pero nuevamente vino la  frustración, ya que no la colocaron en primer nivel sino intermedios. Ella sintió un hueco en su aprendizaje. No había sido suficiente, y además se sentía en desventaja porque los becarios primero estudian por seis meses el idioma antes de ingresar al posgrado.

Pasó el tiempo, y la beca que era por dos años, se convirtió en tres y medio. A su regreso a México, no había trabajo para ella en Psicología Social. El CELE le ofreció dar clases a unos funcionarios que trabajaban para compañías mineras, ella aceptó, con el tiempo pudo comprar su primer coche, y para refrendar su lealtad nipona fue un Datsun. Formalmente así empezó su carrera profesional como profesora de asignatura A, y hasta ser profesora asociada C. En el inter, una fundación de Japón la apoyó para un curso de formación de profesores extranjeros, en Tokio. Varias veces fue y vino siempre con el deseo de aprender más sobre el idioma, su historia y cultura.

Las onomatopeyas japonesas, una herramienta literaria

Virginia se especializó en esta materia, en la que existen onomatopeyas que refieren sensaciones o situaciones. Cuenta que cuando traducía algún texto decía “sintió en sus manos algo como suuu”. ¿Cómo expresar esto en español? Se preguntaba, bueno es la sensación que sientes al untarte alcohol. Se trata de una onomatopeya para expresar sensaciones. Hay otra como ésta: “los ratones corrían choro choro”, quiere decir que la forma en que corrían los ratones era nerviosamente. Un mismo sonido tiene diferentes formas, si es caer rodando tienes que decir goro goro, expresas cierta forma de rodar, pero si dices gorotto, se refiere a un único giro rápido y violento.  Otra: waku waku, indica una emoción, la cual significa alegría o expectación.

Respecto a las onomatopeyas, explica Virginia “antes que nada, debo mencionar que en japonés existen dos silabarios inventados en Japón (uno se llama hiragana y el otro katakana) y los caracteres chinos, kanji, que importaron de China hace cientos de años. Las tres formas de escritura se entremezclan en un mismo texto. El hiragana se usa como una especie de prefijos y sufijos junto con los kanji. El katakana se usa como una especie de “itálicas” para escribir nombres y palabras de origen extranjero, también para nombres científicos de animales y plantas para resaltar alguna palabra. Las onomatopeyas por lo común se escriben en katakana”.

–¿El japonés se relaciona en su sonoridad con las lenguas originarias prehispánicas?

–No. Según los lingüistas, el vasco, el húngaro y el japonés son idiomas que no tienen parentesco con otras lenguas del mundo. Se consideran lenguas casi independientes. Aunque el japonés obviamente, tiene mucho de la influencia china. La escritura japonesa fue adoptada y adaptada del chino. La lengua escrita es otra cosa. Algunos dicen que el chino se parece al maya, no son sueños de opio.

Respecto al trabajo de traducción, llegó por casualidad. Cuenta que Guillermo Quartucci, colega y profesor de literatura japonesa en El Colegio de México, tenía como invitada a una argentina, Amalia, hija de japoneses, que ha hecho traducciones, pero no lee japonés. En una ocasión, ella le propuso traducir cuentos de Higuchi Ichiyo, conocida como la última escritora tradicional japonesa, y la primera moderna, que tuvo una corta vida, murió a los 23 años de edad de tuberculosis, escribió mucho de la situación social de la mujer en esa época. Amalia la argentina le envió las copias, y cuál sería la sorpresa que estaban escritas en japonés antiguo, ilegibles. Así que Virginia junto con Hiroko Hamada, se pusieron en marcha para tal hazaña. Primero, Hiroko se dio a la tarea de transcribirlo a japones moderno, y luego Virginia, al español. Se publicó en 2006, en Argentina, bajo el título de Cerezos en tinieblas (editorial Kaicron). Once años después, en 2017, se publicó como Cerezos en la oscuridad, bajo el sello Sartori.

Asimismo, ha traducido a Miyamoto Yuriko (Una flor. Ed. Satori), y a Hayashi Fumiko (Diario de una vagabunda. Ed. Satori). Escritoras con un alto grado de complejidad. Por ejemplo, Ichiyo usa un lenguaje muy coloquial donde utiliza las onomatopeyas como herramientas literarias. El caso de Yuriko su trabajo es como un documento histórico, y Fumiko es una escritora intelectual hija de familia burguesa y a la vez miembro del partido comunista. Actualmente, traduce a Yanagita Kunio, escritor y etnólogo, quien se dedicó a visitar las regiones montañosas de Japón para recabar leyendas antiguas de esas localidades y que plasmó en un libro intitulado Relatos antiguos de Japón, consta de 106 relatos.

Virginia es menudita y ágil, trae a mostrarme varios libros de literatura japonesa traducidos por ella y Hiroko. Al término de la entrevista, muestra con cariño y admiración su medalla del Sol Naciente, que brilla al igual que el astro. Va a la cocina por un vaso con agua. La veo caminar en el jardín lleno de flores y plantas. La luz cae en el césped y sobre las ranas que decoran el entorno. Hiroko se presenta. Más tarde nos despedimos. Pienso en todo lo que me relató; en los roles como mujeres que hemos tenido en diferentes épocas, y que afortunadamente, hemos ido ganando más terreno en el mundo laboral, máxime en ella que siendo mexicana en un país como Japón conquistó un espacio en la radio, como locutora, y en la academia impartiendo idiomas. Posibilidades de quedarse, hubo muchas, pero como dice nunca dejarás de ser extranjera ni podrás integrarte totalmente a la sociedad japonesa, aunque te acepten y respeten tu trabajo. Aun cuando su corazón sigue estando en tierra nipona, es feliz en tierras zapatistas.

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10 noviembre, 2022