Zócalo, años de periodismo entrañable
Periodismo

Zócalo, años de periodismo entrañable

Luis Miguel Carriedo  

Llegué a la redacción de Zócalo en otoño de 2002, poco antes había tenido una breve conversación telefónica con Carlos Padilla, su director fundador. Me recibió amable en la oficina de la colonia Popotla que todavía ocupa la revista, muy cerca del metro Colegio Militar, buscaba reclutar a un periodista que ayudara a coordinar la edición que para entonces, su segundo año de vida, había dejado las quincenas para volverse mensual. El barco no tenía un horizonte económico alentador pero el director no bajaba los brazos, siempre puso el proyecto periodístico por delate y trataba de armar una mesa de redacción sólida. Su apuesta era la crítica a medios desde los medios, el periodismo sobre el periodismo que no suele hablar de sí mismo ni de sus habituales vínculos con poderes fácticos o políticos que condicionan que dar a conocer y que no.  

Antes de revisar mi currículum el rostro de Carlos se arrugó desencantado cuando supo mi edad. Llevó su mano a la nuca, ahí la dejó un instante, nos sentamos en un viejo sillón que, sin saberlo, sería el disputado bálsamo de descanso para dormir un poco en decenas de maratónicos cierres de edición. Quiso ser franco, sentía que yo era muy joven para el puesto de coordinador editorial, él esperaba a alguien con más experiencia para que además de investigar y escribir historias, pudiera elegir, asertivo agenda de temas relevantes; asignarlos al reportero o articulista indicados, cocinar contenidos con imágenes precisas y “cabecear” sin amarillismo cada texto enfilado a publicarse. Quería un editor multifuncional, dispuesto a escribir o entrevistar, a transcribir grabaciones y hasta empacar ejemplares para su envío oportuno a suscriptores si fuera necesario (lo fue).

Acordamos que me pondría a prueba como reportero durante el primer mes. Veríamos qué pasaba ya con el periódico impreso (todavía era un tabloide mensual).  Trabajé duro, el número de aquel septiembre logré verme en portada, una entrevista con Virgilio Caballero, entonces director del Canal de Televisión del Congreso, quien denunciaba cómo la censura del gobierno había tomado la señal que se transmitía para controlar la difusión del segundo informe de labores que dio el presidente Vicente Fox. Era un sexenio joven también, muy joven, pero ya con decepción anunciada, irremediable.  

Fox no había cambiado el connubio entre medios privados y gobierno, tampoco la asignación discrecional de publicidad oficial que se quedaba igual como en tiempos del PRI, abierta al periodismo servil que colmaba de elogios al presidente y cerrada al que lo cuestionara.    

No había redes sociales con gran alcance y las grandes televisoras dominaban la comunicación masiva, los medios públicos seguían, como antes, instalados en una penosa propaganda favorable al quehacer gubernamental, con escasez presupuestal porque así lo exigían los grupos privados. El Canal del Congreso trató de ser distinto, lo fue con Caballero y por eso el equipo de producción de la presidencia tomó la transmisión y evitó que se mostrara a las audiencias interpelaciones de partidos opositores durante la presentación del informe en tribuna. Cuando hubo gritos, el audio se apagó; cuando alguien mostró pancartas incómodas, ningún lente de cámara las enfocó para transmitirlas en vivo, se enfocaba solo la imagen del presidente leyendo, sonriendo. El nuevo modelo de alternancia se veía igual de viejo.  

Días después de ese septiembre -que apenas era el segundo aniversario en Zócalo-, Carlos se sintió satisfecho con mi trabajo, fui un orgulloso editor. Casi un año después, el 23 de mayo de 2003, el impulso de Graciela Martínez nos llevó a crear el programa “Zócalo en radio”; primero en la XEQK, luego en la XEDTL del IMER. Un espacio más de crítica a los medios que duró al aire casi cuatro años sin aportar ningún recurso, lo hacíamos con ilusión. Nunca ha sido objetivo de Carlos enriquecerse, eso le ha dado siempre, lo dio también en ese programa, plena libertad editorial.  

Salí de la redacción cuando todavía era periódico tabloide, pero nunca me fui del todo. Caminé por otras arenas y proyectos, algunos efímeros, otras más duraderos, pero Zócalo siempre fue mi casa. Aunque ya no era un colaborador de planta, Carlos aceptó que siguiéramos juntos conduciendo en radio. La cabina nos seguiría juntando cada semana hasta 2007, cuando el IMER ya no quiso que siguiéramos y se acabó ese programa, pero otro similar se abrió paso, “Espacio AMEDI”, que también se acabó abruptamente, pero aguantó hasta el año pasado al aire. Carlos fue un comentarista habitual.  

Hace 18 años ya estaban en la redacción de Zócalo, Balbina Flores, Gerardo Montes y el actual Jefe de Información, Diego Ríos (el más joven del equipo, apenas 17 años tenía).  

Hicimos equipo, en el camino coincidimos con más compañeras y compañeros, muchas y muchos siguen siendo amigas y amigos entrañables. Por ahí pasaron el gran Javier Bernal (reportero y editor que murió antes de tiempo, en febrero de 2019), Primavera Téllez Girón, Iván Bustamante, Eric Estrada, Isabel Uribe, Dalila Palacios, Ignacio Lozano, Nelly Olivos, Nancy Fuentes, Ricardo Martínez, los Ramones (Téllez, Méndez y Martínez de Velasco), Juan Carlos Hurtado, Jorge Pulido (QEPD), Antonio Medina, Ramses Ancira, Alejandra Tello, Max Vite, Jorge Bravo, Mauricio Coronel, Marcela Carreño y muchos más. Las caricaturas de Hernández, Luy, Gallut, Kemchs y algunas especiales de Helguera son estampas de la agenda mediática que se ha expuesto cada mes.  

Zócalo ha publicado textos de especialistas con visiones diversas sobre la relación entre el poder y los medios, y la libertad de expresión y el periodismo. Así ha dejado un valioso registro crítico sobre esa agenda. En sus páginas encontramos reflexiones de personas como Beatriz Solís, Fernando Mejía, Jenaro Villamil, Javier Corral, Graciela Martínez, Agustín Ramírez, Graciela Ramírez, Aleida Calleja, Raúl Trejo Delarbre, Eréndira Cruzvillegas, Gabriel Sosa, Javier Esteinou, Claudia Benassini, Jorge Meléndez, Octavio Islas, Andrés de Luna, Fernando Gutiérrez, Ernesto Villanueva, José Luis Martínez, José Reveles, Miguel Ángel Granados Chapa, Carlos Monsiváis, Elizabeth Mayer, Manuel de Santiago, Jacinto Rodríguez, Michael Moore, Virgilio Caballero.  

Hay ediciones con entrevistas exclusivas, tengo presentes las de Noam Chomsky, Fernando Savater, Armand Mattelart y Gunter Wallraff. Recuerdo también una insólita charla que Gerardo Montes logró con Juan Francisco Ealy Ortíz para cuestionarle la censura en La Revista que editaba El Universal. Todo se hacía casi sin recursos. No había citas pactadas en restaurantes y pocas veces nos recibían en las oficinas los actores políticos, a veces nadie ni la llamada tomaban, impensable el trato amigable que le daban a grandes medios, pero reportear en campo con humildad compensaba, siempre daba buenos resultados y nos ponía frente a frente con la noticia.  

El llanto que se volvió risa y el fax del monero Hernández  

Martín Cárdenas fue un personaje importante en los inicios de Zócalo. Era un mensajero ocurrente, noble. A fin de cada mes la redacción estaba concentrada en terminar los materiales. Y, Martín esperaba atento a las actividades por desahogar en el día. No se oían voces, aunque habíamos varios en el mismo espacio, solo las teclas apuradas y de fondo una radio sintonizando noticias y un viejo televisor prendido por cualquier cosa relevante que se pudiera transmitir. En esas andábamos, cerrando textos, cuando una vez Diego Ríos y yo escuchamos sollozos pronunciados, nos preocupamos, quisimos saber de dónde venían hasta que vimos a nuestro querido Martín llorando a mares, pero haciendo señas de que todo estaba ya bajo control. Cuando quisimos consolarlo nos señaló la pantalla. Le había provocado el llanto un capítulo de “Camino al Cielo”, serie de los años ochenta protagonizada por Michael Landon, que se retransmitía en ese momento. Le dimos ánimos al amigo y luego nos atacamos de risa juntos, no era tan grave el caso después de todo.  

Los primeros días de cada mes algunos colaboradores acudían por ejemplares, otros a dejar sus recibos de honorarios y a pelotear un poco con la redacción lo que se había publicado. Las pláticas se volvían en tertulias prolongadas con desfiles de inteligencia y buen humor.  

Jorge Mansilla era puntual en esas visitas. Años después sería embajador de Bolivia en México (2006-2012). Había colaborado en radios comunitarias mineras de su país en los 60, época de dictaduras militares que lo hicieron exiliarse. Veía con entusiasmo, en 2002, que Zócalo escribiera sobre emisoras comunitarias y cuestionaba que el foxismo las cerrara por presión de la industria, con exceso de fuerza policial.  

Hacía Jorge una peculiar columna mensual para Zócalo (“Desde la coloña”), que firmaba con el seudónimo “Coco Manto” o “Aquiles Canto”. Ahí ironizaba con rimas impecables el tema principal, así versos de crítica a los medios desde los medios, era la apuesta editorial de la revista. Cada palabra estaba en su lugar en lo escrito por “Coco Manto”, un poema de información, una editorial en verso sobre coyunturas mediáticas.  

Impreso el número llegaba a discutirlo con nosotros, humilde, propositivo y así como Mansilla, muchas y muchos otros articulistas se acercaban, unos muy serios solo daban el saludo, otros se prestaban a improvisar tertulias que ensanchaban horizontes temáticos para perfilar la siguiente edición.  

Gabriel Sosa Plata era quizá el más puntual en envío de su artículo. Pasaba temporadas largas en Monterrey, pero de vez en vez, cuando venía a la Ciudad de México, nos dispensaba paquetes generosos de “glorias”, un dulce de cajeta espectacular que era oasis las madrugadas de cierre.  

Álvaro Cueva subía a la oficina con una mochila que no soltaba seguro de que estaría poco tiempo, pero al final se quedaba platicando (con todo y la mochila en el brazo) sobre telenovelas políticas censuradas como “Senda de Gloria” (1987) o de melodramas como “Rina” (1977), en donde se modificó el guion para complacer a la mamá del presidente López Portillo.  

Todavía se usaba el fax y ahí cachamos varios cartones del gran monero José Hernández; agudo, talentoso, solidario desde el inicio con el proyecto Zócalo.  

Era habitual escuchar que alguien gritara: “¡Ya mandó Hernandez su cartón!”. Cuando eso ocurría, Gerardo Montes y yo nos quedábamos hipnotizados viendo cómo el fax dibujaba, línea por línea y con un ruidoso golpeteo de las tintas, aquellas caricaturas que tomaban postura editorial con trazo impecable.  

Tinta naranja, radio y revista  

El periódico quincenal del año 2000 se volvía insostenible, algunos bajaron los brazos, Carlos estiró la liga y lo convirtió en edición mensual, buscó apoyo de artistas que respaldaron al medio y le donaron obras para evitar la insolvencia financiera. La pintora Martha Chapa; junto con los pintores Vlady, José Luis Cuevas y Manuel Felguérez fueron algunos aportantes, también el fotógrafo Pedro Valtierra, quien además de fotografías originales, facilitó un convenio con la agencia Cuartooscuro para que Zócalo tuviera acceso a su banco de imágenes, lo mismo ocurrió con Proceso foto, que estaba a cargo de Ulises Castellanos.  

La revista se abrió paso, aguantó y luchó por nuevos espacios. En mayo de 2003 iniciamos su programa de radio; en septiembre de ese mismo año fue el primer número a dos tintas, ya no solo el solitario blanco y negro, llegaba entonces un naranja algo extraño que se quedó un par de años (era el avance posible para mejorar la presentación). En mayo de 2005 se logró imprimir la primera edición en formato de revista con portada a color.  

En la redacción nadie escapó de discutir temas con intensidad, hasta los pies de foto era debatidos a deshoras con ímpetu exagerado, pero siempre con respeto genuino. Después de los comicios 2006, cuando todavía existía el Konditori de la colonia del Valle; Carlos, nos citaba para integrar un comité de redacción externo. Íbamos algunos colaboradores, viejos conocidos como José Reveles, Javier Corral, Beatriz Solís, Gabriel Sosa, Aleida Calleja y Alma Rosa Alva de la Selva.     

Hoy se cumplen dos décadas, y evoco agradecido con Carlos Padilla, un periodista honesto, lo hago también con mis compañeras y compañeros, con quienes compartí madrugadas de cierre y debates intensos, libertad y periodismo. Me veo al espejo a la distancia y me reconozco en las páginas que ahí dejamos, las recorro con afecto sincero, las miro como nuestro querido Martín lo hacía con el viejo televisor en aquellos albores del milenio, emocionado, cuando se transmitía la serie de Michael Landon.

15 septiembre, 2020
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